David
Isaacs, Pedagogo
La justicia, la comprensión y
el optimismo son las virtudes que ha
de tener el profesor para enseñar
conocimientos y educar el carácter
de los alumnos.
El profesor Isaacs tiene una dilatada
experiencia en formación de profesores
y en el desarrollo de las virtudes humanas.
En esta ocasión auna las dos
facetas y piensa en cómo formar
a los profesores en virtudes. Se centra
en tres: La justicia, la comprensión
y el optimismo. Resulta patente que
no han sido elegidas al azar. Además,
es imposible mejorar en una virtud sin
que eso produzca un efecto positivo
en otras. Teniendo en cuenta la confusión
que hay en el uso del vocabulario al
tratar de la persona humana, Isaacs
va precisando qué entiende al
usar un término. Ofrece la siguiente
definición sobre la educación:
“Significa formar el uso de la
recta razón y de la recta voluntad
en el educando.” En educación
no basta la buena voluntad, es preciso
que nuestro conocimiento se ajuste a
la realidad.
Hay otra frase con la que sintetiza
bien lo que piensa: “La exigencia
sin comprensión es inhumana.
La comprensión sin exigencia
es incompleta.” El optimismo del
profesor, dice Isaacs, se apoya tanto
en sus propias posibilidades como en
las del educando. Ni el optimismo ingenuo,
basado en una concepción trasnochada
del hombre, ni la amargura de quienes
sólo ven lo negativo en las personas
que tienen a su cargo.
Centrada la dimensión antropológica
de la educación, resulta fácil
avanzar. Para vivir la justicia el autor
señala diversos requisitos en
el profesor: que domine la materia que
imparte, que conozca y viva el ideario
del centro en el que trabaja, que desarrolle
con competencia las tareas encomendadas,
etc.
Para ejercitar adecuadamente la comprensión,
el profesor necesita considerar a cada
alumno como un ser irrepetible y con
dignidad en sí mismo. Destaca
el ejercicio de la labor de escucha,
observación y compresión
de los hechos. Isaacs no debe considerar
sencillo conocer bien a un alumno, pues
dedica varias páginas a la tarea
de contrastar y verificar la información
recibida; las primeras impresiones no
siempre son certeras. Subraya la importancia
de desarrollar la empatía, esa
capacidad de ponerse en el lugar del
otro. Comprensión, dice Isaacs,
no significa juzgar; especialmente si
no nos corresponde realizar esa labor.
El optimismo del profesor no radica
ni en ignorancia de los problemas ni
en la ingenuidad. El autor hace una
interesante distinción entre
problemas y limitaciones. Los primeros
se pueden resolver con habilidad, las
segundas ordinariamente requieren ser
aceptadas.
Si el optimismo se apoya en una visión
de la vida en la que el máximo
logro es el éxito, no está
claro que pueda ser permanente. Si reside
en conocer y aceptar la misión
que tengo en la vida, es lógico
que el planteamiento dependa más
de mí que de los demás.
Pero el fundamento permanente para una
visión de la vida optimista de
modo constante, radica en saber que
“Dios espera de cada uno de nosotros
algo que no puede aportar otra persona”.
El trabajo de los profesores
Autor: David
Isaacs
Eunsa. Pamplona (2008). 111 págs.
11 €.
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