Cada vez con más
frecuencia y a través de determinadas
actuaciones administrativas se aplican
políticas que se entrometen en
el ámbito privado de las familias,
a pesar de que las administraciones
no dejan de pedir a los padres que cumplan
con su función educativa. Tres
ejemplos de cómo el Gobierno,
el Parlamento y los jueces se cuelan
en los hogares españoles
Fuente: Forumlibertas
18/12/08
Tres ejemplos de cómo el Gobierno,
el Parlamento y los jueces se cuelan
en los hogares españoles.
Cada vez con más frecuencia y
a través de determinadas actuaciones
administrativas se aplican políticas
que se entrometen en el ámbito
privado de las familias, a pesar de
que las administraciones no dejan de
pedir a los padres que cumplan con su
función educativa.
Tres ejemplos de este intervencionismo
por parte del Estado los podemos ver
en la reciente campaña del condón
lanzada por el Ministerio de Sanidad;
en la sentencia que condena a una madre
a alejarse de su hijoy a la pena de
cárcel por darle un bofetón;
y en la intervención de la Xunta
de Galicia en el caso de la escolarización
de un niño autista que, al final,
se ha quedado sin colegio.
Son tres casos que muestran como el
Gobierno, el Parlamento y los jueces
se cuelan en los hogares para intervenir
en ámbitos que son propios de
la familia y que plantean la siguiente
cuestión: ¿Debe el Estado
suplir el papel educador de los padres?
“Rollos con bombo”
El impacto de la campaña ‘Yo
lo pongo Yo controlo’, que el
Ministerio de Sanidad ha lanzado para
evitar los embarazos no deseados y prevenir
enfermedades de transmisión sexual,
se está convirtiendo en el hazmerreír
no sólo de los adultos sino de
los propios jóvenes a los que
va dirigido el mensaje El “tronko,
yo no corono rollos con bombo”
y demás expresiones utilizadas
en el spot televisivo suenan a chiste,
y no se corresponden en absoluto con
el lenguaje real de la mayoría
de los jóvenes y adolescentes
de este país.
De hecho, ya hay expertos que hablan
de que la campaña podría
incluso producir el efecto contrario
al que se busca, es decir el de fomentar
las relaciones sexuales del ‘aquí
te pillo, aquí te mato’.
Pero, además, la campaña
del ministro Bernat Soria se inmiscuye
de lleno en un terreno que no le pertenece:
la educación de los hijos en
un aspecto tan importante como es el
de la afectividad. Y es que las campañas
de educación sexual del Gobierno
pueden ser un complemento a esa educación,
pero no pueden suplir el papel educador
de los padres.
De hecho, la publicidad del Ministerio
de Sanidad, además de no corresponderse
con la realidad, propaga un estilo de
vida que ni es mayoritario ni responde
al tipo de educación que la gran
mayoría de padres quiere para
sus hijos.
Así, por la vía de la
comunicación, las campañas
del Gobierno lo que hacen es debilitar
la función educativa de los padres.
A la cárcel por un cachete
Un segundo ejemplo de cómo el
Estado se inmiscuye en la labor educativa
de los padres lo tenemos en la reciente
sentencia que condena a una madre a
45 días de cárcel y a
un año de distanciamiento de
su hijo por haberle dado un bofetón.
María Saliente, de 37 años
y sordomuda, se ve obligada así
a ausentarse de su propio domicilio
durante un año y 45 días
y a separarse de David, su travieso
hijo de 12 años que, el día
del cachete, en que contaba con 10 años,
había arrojado previamente a
su madre una zapatilla.
El bofetón hizo que el niño
se diera un golpe que provocó
una lesión con sangrado de la
nariz, pero sobre la que la madre no
tuvo ninguna intencionalidad.
Sin embargo, juez y fiscal, con la ley
en la mano, no han tenido en cuenta
nada más, ni el hecho real ni
las consecuencias de su sentencia, que
al final ha creado un daño mucho
mayor que el que pudo producir en su
momento el propio bofetón.
Cabe resaltar que el problema arranca
de la propia ley, aprobada por unanimidad
en el Parlamento, que modificó
el texto anterior del Código
Civil que preveía la posibilidad
de “corregir razonable y moderadamente”
a los niños siempre que, por
ejemplo, una ‘colleja’ sirviera
para evitar males mayores. No parece
que suponga un gran problema para jueces
y fiscales deducir la diferencia entre
este tipo de bofetada y el castigo físico
o agresión. “Todo el mundo
distingue entre una colleja y una paliza”,
dice el Defensor del Menor de la Comunidad
de Madrid. Sin embargo, a partir de
la ley no hay diferencia entre las dos
situaciones.
Algo parecido sucedió también
en su día con la ley que fijaba
la edad de emancipación del adolescente
a partir de los 13 años, que
al privar a los padres de su función
educadora en este ámbito ha acabado
generando más problemas que ventajas.
Por otra parte, no están exentos
de responsabilidad el centro escolar
del niño, que hizo la denuncia
sin consultar antes con la madre y valorar
la situación en su conjunto,
así como otras organizaciones
que han intervenido en el caso, como
Save the Children.
La responsable del departamento de Protección
de los Derechos de la Infancia de esta
ONG, Pepa Horno, ha manifestado que
“no es justificable la conducta
de la madre” y que “no hay
que olvidar que esta es una condena
por maltrato, no por castigo”.
No es de la misma opinión el
juez de Menores en Granada, Emilio Calatayud,
quien considera que una bofetada a tiempo
es una victoria. Calatayud se ha destacado
por imponer sentencias ejemplares y
con condenas educativas.
Autista y sin escolarizar
El tercer caso tiene que ver con la
paradójica situación en
la que se encuentra, en Vigo, un niño
autista de 11 años al que el
Gobierno de la Xunta quiso enviar, sin
permiso de los padres, a un centro privado
de educación especial y que se
ha quedado ahora sin ese centro y sin
el que tenía antes.
El Tribunal Superior de Justicia de
Galicia se ha inhibido en ese caso y
se ha declarado incompetente para juzgarlo.
Así, mientras los padres y la
Xunta andan en ese rifirrafe judicial,
el niño ya lleva más de
tres meses sin escolarizar a la espera
de poder regresar a su anterior escuela.
En la respuesta que el TSJ de Galicia
da a los padres, ante el recurso presentado
por estos contra la decisión
de la Consejería de Educación
de la Xunta, el auto se remite a la
ley reguladora de la jurisdicción
contencioso-administrativa para deshacerse
del asunto.
“Antes iba al psicólogo
tres veces por semana y ahora lo hemos
ampliado a cinco para que siga evolucionando”,
dice Cecilio García, el atribulado
padre al que su Gobierno no deja ejercer
como tal.
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